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La Razón presenta “Gaia. Madre Tierra”, una vibrante historia en defensa de la naturaleza que forma parte del proyecto de Naturgy, #BuenaHuella.

#BuenaHuella es una iniciativa que busca medir, reducir y neutralizar la huella de carbono, que tanto daño causa al medioambiente.

“Gaia. Madre Tierra” es una historia de arena que roza tu piel, acaricia tu alma y conecta con tus sentidos. Como un oasis en el desierto. Un grito de esperanza.

Adéntrate en esta emocionante aventura y únete al proyecto para cuidar el planeta y reducir el impacto medioambiental que producimos en nuestro día a día.

Que tus pasos solo dejen eso, huellas en la arena que marquen el camino a seguir, nada más. Una buena huella.

Primer Capítulo

Gaia, una chica como tú o como yo

sensible, amante de la naturaleza y los animales

C

amino a la sostenibilidad

Resulta paradójico pero la ciencia se lo puede permitir: es prácticamente la única disciplina humana que a veces retrocede para avanzar. A principios de julio de 2023 se registraron las temperaturas más altas desde que se tiene registro, en 1979. La temperatura global promedio sobre la superficie del planeta marcó 17,18 grados centígrados según datos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA). Pero eso no es retroceder… y tampoco es ciencia: simplemente es revisar los archivos. Lo que sí es viajar al pasado es de lo que habla Paulo Ceppi, climatólogo del Instituto Grantham de Londres: “La información científica nos dice que las temperaturas no han sido tan altas desde hace al menos 125.000 años, cuando fue el periodo interglacial anterior”, señala Ceppi. La ciencia retrocede más de 100.000 años para avanzar. ¿Cómo lo hace? Una forma de medir temperaturas pasadas es estudiar núcleos de hielo. Cada vez que cae nieve, en su interior quedan atrapadas pequeñas burbujas llenas de gases atmosféricos. En algunos lugares, cae tanta nieve que las capas más viejas quedan enterradas y comprimidas en hielo, encerrando las burbujas de aire, como cápsulas del tiempo. Cuanto más profundo excavan los científicos, más atrás avanzan. Y nosotros también. Aunque estemos en la adolescencia, como Gaia, la protagonista de nuestras historias, una adolescente cuyo objetivo es que conozcamos el planeta y el papel que jugamos en él. Ahora y en el futuro.

Cuando caminamos imaginamos que nuestro destino está hacia adelante, avanzando. Pero, como la ciencia, a veces tenemos que retroceder, solo para tomar impulso. Y esto es fundamental porque, de acuerdo con el experto en cambio climático Robert Rohde, de la Universidad de Berkeley, «el calentamiento global nos está llevando a un mundo desconocido». Uno tan desconocido que Gaia se ha propuesto recorrerlo para que nadie lo olvide. ¿La parte buena? En el camino también nos conocemos a nosotros mismos.

Hay caminos míticos: el de Santiago, el del Inca, el de los Apalaches, el Gran Camino de la Costa en Australia, el circuito del Anapurna en Nepal… Todos ellos tienen un elemento en común: recorren paisajes y culturas que pueden desaparecer. Son un momento congelado en el tiempo y, a medida que los recorremos, nuestros pasos les dan vida. Pero, paradójicamente, nuestros pasos no deben dejar huella para que otros puedan seguirlos. 

Junto a esos caminos hay 10 recorridos que unen la importancia de los pasos, es decir el futuro, con el valor de las huellas: lo que dejamos. Y están en España.

Uno de los que destaca Gaia es el de la Ruta del aceite, en Jaén. Comienza en esta ciudad andaluza y recorre Torre del Campo, Martos y pasa por Alcaudete, Castillo de Locubín, Frailes y Puente del Genil. La ruta no solo recorre los olivares, un paisaje único del Mediterráneo, también nos lleva al pasado de la región, cómo sus habitantes trabajaban, cómo cuidaban de la tierra y de sus frutos. A su lado otra ruta del aceite se prodiga por el paisaje, pero está en Córdoba: pasa por Almedinilla, Zuheros, Cabra y Lucena. La historia de la Tierra, pero también la nuestra (los molinos, las enormes vasijas para conservar el aceite, los oficios…) puede perderse si no la cuidamos. En el camino la empresa Naturgy aprovecha el mismo sol que alimenta los olivares, como energía para casas y pueblos enteros y el mismo viento que lleva las semillas a nuevos destinos, se aprovecha también en enormes molinos (o aerogeneradores) que, al igual que las semillas, alimentan a sus habitantes. En el parque El Tesorillo, por ejemplo, apenas 12 de ellos bastan para dar energía a unos 33.000 hogares y contribuirá a reducir en torno a 66.000 toneladas al año de emisiones contaminantes y de efecto invernadero. 

Si ponemos nuestros pies donde nuestra vista los quiere llevar, tenemos la Ruta del vino, en La Rioja. Desde hace más de mil años que se cultiva la uva en esta región de España y recorrerla nos lleva al pasado, a la importancia de las tradiciones y al cuidado de la materia prima. El recorrido se inicia en Haro y pasa por San Vicente de la Sonsierra, Laguardia y Elciego. Aquí quiero ver cómo quienes cuidan de las uvas aprenden a hablar su idioma para comprender cuándo sientes frío, sed, hambre… miman sus raíces y cuidan del agua.

Y si de vino se trata, también tenemos la Ruta del Vino de la Ribera del Duero que nace en Aranda de Duero y pasa por Peñafiel, Roa y Quintanilla de Onésimo. Aquí el sol alimenta las uvas y las gentes con varias instalaciones de energía solar. ¿Por qué me interesa un camino que habla del vino? La altura, las horas de sol, los minerales en la tierra, los años de cada vid…Todo ello hace que una misma clase de uva sepa distinta. Son, en muchos sentidos, como los humanos: nuestro ambiente nos condiciona y puede sacar lo mejor de nosotros. Solo basta protegerlo y guiarlo, como se hace con las vides. Protegerlo… 

El cambio climático, le cuentan a Gaia, está cambiando el vino que cada año que pasa, expresa no solo sus aromas y colores, sino la necesidad de una mayor altura y otras latitudes para enfrentarse a mayores temperaturas. Igual que nosotros. De acuerdo con Hans Henri P. Kluge, director general para Europa de la Organización Mundial de la Salud “los países deben actuar para contrarrestar los efectos negativos del cambio climático en la salud y en los sistemas sanitarios. Europa avanza lentamente en el cumplimiento de los objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030”. Demasiado lentamente. Naturgy de hecho lo está acelerando y su objetivo es reducir sus emisiones totales de CO2 en un 24%, hasta que sean cero en 2050. Un paso mucho más decidido que el de muchos países que firmaron los objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas para 2030.

Uno de los que destaca Gaia es el de la Ruta del aceite, en Jaén. Comienza en esta ciudad andaluza y recorre Torre del Campo, Martos y pasa por Alcaudete, Castillo de Locubín, Frailes y Puente del Genil. La ruta no solo recorre los olivares, un paisaje único del Mediterráneo, también nos lleva al pasado de la región, cómo sus habitantes trabajaban, cómo cuidaban de la tierra y de sus frutos. A su lado otra ruta del aceite se prodiga por el paisaje, pero está en Córdoba: pasa por Almedinilla, Zuheros, Cabra y Lucena. La historia de la Tierra, pero también la nuestra (los molinos, las enormes vasijas para conservar el aceite, los oficios…) puede perderse si no la cuidamos. En el camino la empresa Naturgy aprovecha el mismo sol que alimenta los olivares, como energía para casas y pueblos enteros y el mismo viento que lleva las semillas a nuevos destinos, se aprovecha también en enormes molinos (o aerogeneradores) que, al igual que las semillas, alimentan a sus habitantes. En el parque El Tesorillo, por ejemplo, apenas 12 de ellos bastan para dar energía a unos 33.000 hogares y contribuirá a reducir en torno a 66.000 toneladas al año de emisiones contaminantes y de efecto invernadero. 

Si ponemos nuestros pies donde nuestra vista los quiere llevar, tenemos la Ruta del vino, en La Rioja. Desde hace más de mil años que se cultiva la uva en esta región de España y recorrerla nos lleva al pasado, a la importancia de las tradiciones y al cuidado de la materia prima. El recorrido se inicia en Haro y pasa por San Vicente de la Sonsierra, Laguardia y Elciego. Aquí quiero ver cómo quienes cuidan de las uvas aprenden a hablar su idioma para comprender cuándo sientes frío, sed, hambre… miman sus raíces y cuidan del agua.

Y si de vino se trata, también tenemos la Ruta del Vino de la Ribera del Duero que nace en Aranda de Duero y pasa por Peñafiel, Roa y Quintanilla de Onésimo. Aquí el sol alimenta las uvas y las gentes con varias instalaciones de energía solar. ¿Por qué me interesa un camino que habla del vino? La altura, las horas de sol, los minerales en la tierra, los años de cada vid…Todo ello hace que una misma clase de uva sepa distinta. Son, en muchos sentidos, como los humanos: nuestro ambiente nos condiciona y puede sacar lo mejor de nosotros. Solo basta protegerlo y guiarlo, como se hace con las vides. Protegerlo… 

El cambio climático, le cuentan a Gaia, está cambiando el vino que cada año que pasa, expresa no solo sus aromas y colores, sino la necesidad de una mayor altura y otras latitudes para enfrentarse a mayores temperaturas. Igual que nosotros. De acuerdo con Hans Henri P. Kluge, director general para Europa de la Organización Mundial de la Salud “los países deben actuar para contrarrestar los efectos negativos del cambio climático en la salud y en los sistemas sanitarios. Europa avanza lentamente en el cumplimiento de los objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030”. Demasiado lentamente. Naturgy de hecho lo está acelerando y su objetivo es reducir sus emisiones totales de CO2 en un 24%, hasta que sean cero en 2050. Un paso mucho más decidido que el de muchos países que firmaron los objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas para 2030.

Ruta del aceite, Jaén.

Martos. Alcaudete,
Castillo de Locubín,
Frailes y Alcalá la Real.

Ruta del aceite, Córdoba.

Almedinilla, Zuheros,
Cabra y Lucena.

Ruta del aceite, Granada.

Órgiva, Lanjarón,
Guadix y Albuñán.

Ruta del vino, La Rioja.

Haro, San Vicente de la Sonsierra,
Laguardia y Elciego.

Ruta del vino, Ribera del Duero.

Aranda de Duero,
Peñafiel, Roa y
Quintanilla de Onésimo.

Ruta de Sierra de Gredos.

Candeleda, Arenas de San
Pedro, Guisando, Navalperal
de Tormes y Villacastín.

Ruta de la Naturaleza, Asturias.

Parque Natural de Somiedo,
Cangas del Narcea,
Degaña e Ibias.

Ruta de la arena, Tarragona.

L'Ametlla de Mar,
L'Ampolla, Deltebre y
Sant Carles de la Ràpita.

Ruta del agua, Albacete.

Riópar, Ayna,
Letur, Nerpio y
Elche de la Sierra.

Ruta de los Pirineos, Huesca.

Parque Nacional de Ordesa y
Monte Perdido, Bielsa,
Aínsa, Boltaña y Barbastro.

Tenemos que aspirar a más, mirar más lejos y más alto. A las montañas por ejemplo, a la ruta de las montañas, en la Sierra de Gredos. Aquí el arquitecto es el agua que durante millones de años ha diseñado el paisaje. Desde que baja de las cumbres, el agua, con su barba de espuma y su paso inquebrantable, ha creado una obra única: el escenario donde viven animales y plantas que honran al río. Si este se pierde, el paisaje se queda huérfano. El recorrido se inicia en la localidad de Candeleda y pasa por Arenas de San Pedro, Guisando y Navalperal de Tormes. Muy cerca de aquí, en Ciudad Real, se encuentran los complejos Picon 1, 2 y 3: cientos de paneles solares que conviven con más de 35.000 ovejas en una simbiosis de vida y futuro que tiene mucho que enseñarnos. Principalmente sobre el agua, algo que a Gaia, le preocupa mucho. En el camino para obtener energías no renovables, contaminamos nuestros recursos de agua dulce. Las Naciones Unidas señalaban un año atrás que las sequías afectaron a 1.400 millones de personas en el mundo en las dos últimas décadas y el cambio climático ha prolongado su “tiempo de vida” un 30% en las últimas dos décadas. El problema es que habitualmente pensamos que el suministro de agua potable es un problema lejano para España o Europa, pero no es así. El propio Kluge, de la OMS lo resume de forma tan lapidaria como sorprendente: “En Europa 77 millones de personas carecen de agua potable segura”. El agua, qué duda cabe, es fuente de vida y si ya es cada vez más escasa, a menudo contaminamos la poca que hay con nuestra ambición, principalmente combustible y minería. Afortunadamente hay iniciativas que cambian esto. Un ejemplo es lo que ha hecho Naturgy con la creación del Lago Meirama en el valle de As Encobras en Cerceda (A Coruña, Galicia) en el lugar de una antigua mina de lignito a cielo abierto. Allí, por si no bastara con el agua, se han plantado casi medio millón de árboles. Esto ha traído vida en todos los aspectos posibles: a la tierra (con nuevas especies que han regresado a la región) y a la Tierra permitiéndole actuar como sumidero de CO2.

Muy cerca de aquí, en Asturias está la ruta de la naturaleza, una de las preferidas de Gaia por combinar paisajes, cultura historia y, para qué negarlo, muy buena comida local, algo que también resulta sostenible. El punto de partida es el Parque Natural de Somiedo y pasa por Cangas del Narcea, Degaña e Ibias. Allí, en Muniellos se encuentra el robledal más extenso de toda Europa occidental. “Imagina un camino que cruza por una red de raíces que se extiende por cientos de kilómetros cuadrados – explica Gaia convencida -. Esa es la fortaleza del oso pardo cantábrico, que mantiene aquí uno de sus últimos refugios. Caminar por los mismos sitios que alguna vez ha pisado este animal es un privilegio que debemos cuidar. Desde sus alturas y en un día claro, podemos ver el futuro…” 

Muy cerca, cruzando las montañas, se encuentra una de las centrales que apuesta por la energía del mañana: el hidrógeno verde. Este elemento químico, el más sencillo de todos y el primero que se formó en las estrellas, tiene el potencial de cambiar nuestra forma de relacionarnos con la energía. Por un lado, al formar parte de algo tan “sencillo” como el agua, es fácil de almacenar. Utilizando un proceso conocido como electrólisis, se separan los dos átomos de hidrógeno del de oxígeno y con ellos se pueden alimentar motores y centrales energéticas… con la ventaja que su único residuo es… agua. Pero sus beneficios son enormes, no solo para el planeta, también para nuestras familias: este sector creará unos 200.000 empleos en los próximos 10 años debido a que, de acuerdo con datos de la Agencia Internacional de la Energía, la demanda de este tipo de energía aumentará entre un 25 y un 30% en 2040.

“Otra cosa que me gusta, aparte de los mapas, es la arena – añade Gaia en un descanso –. A simple vista parece toda igual, pero si te tomas unos minutos y miras con atención, grano por grano, verás que son todos distintos. Y cada uno tiene una historia que contar: una de vientos, mareas, erosión… Por eso dibujé la ruta de la Arena, en Tarragona. El recorrido se inicia en la localidad de L’Ametlla de Mar y pasa por L’Ampolla, Deltebre y Sant Carles de la Ràpita. La ruta está plagada de zonas de dunas: unos ecosistemas que facilitan el desarrollo de vegetación y la fauna pero que también protegen las aguas subterráneas al evitar el ingreso de agua salina. 

Y si hablamos de proteger el agua dulce, es obvio que también hay que recorrer una Ruta del Agua, como la de Albacete. El recorrido atraviesa Riópar y pasa por Ayna, Letur, Nerpio y Elche de la Sierra y entre ellos recorre puentes romanos, embalses: espejos de agua y también de sol, como los paneles de Naturgy que también ha instalado molinos que aprovechan un paisaje de laberintos para que el viento los alimente y ellos hagan lo mismo con más de 300.000 familias de la zona. En total hay 9 parques eólicos, 5 plantas solares, 9 centrales hidráulicas y una central minihidráulica que juntas han logrado reducir en más de 586.000 toneladas las emisiones de gases contaminantes y de efecto invernadero, lo que equivale a retirar más de 244.000 coches de la circulación en un año.

 Pero hay más… En el sureste de Gran Canaria, Naturgy está terminando un parque marino que se ubicará entre 8 y 16 km. de la costa. Un total de 12 aerogeneradores capaces de producir unos 216 MW. ¿Cuánto es esto? Más que mucho: el 6 de mayo de 2023 el sistema eléctrico de Gran Canaria produjo 257,4 MW de energía de fuentes sostenibles, lo que representa más del 60% del consumo. Con la llegada de este parque marino, se podría sobrepasar las necesidades de la isla. Y otro detalle fundamental para que figure en verde en mi mapa: la producción de energía renovable de esta instalación contribuiría a reducir las emisiones de CO2 equivalentes a 350.000 coches al año. 

La última ruta es la de los Pirineos. Aquí, en la frontera entre España y Francia, el viento es el escultor de las montañas. Se pasea arrastrando cometas y semillas por el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido y pasa por Bielsa, Aínsa, Boltaña y Barbastro y luego sigue, haciendo girar molinos y el planeta pero sin dejar huella. “Se trata de una zona declarada reserva de la Biosfera por la UNESCO – termina Gaia al despedirse-. De hecho, el Monte Perdido es la montaña calcárea más alta de Europa. ¿Qué importancia tiene esto? Es lo que cierra el círculo y muestra cómo todos estamos conectados: el carbonato cálcico que forma estas montañas también es el componente principal de conchas y esqueletos de muchos organismos… Desde lo alto de las montañas a las profundidades del mar. Todos estamos conectados”. 

Segundo Capítulo

La naturaleza es fuerte, pero también frágil

Juntos podemos cuidarla y respetarla

P

asar a la acción

Mi nombre es Gaia. Vivo en un pequeño pueblo cerca del mar y pegado a la montaña. ¿O es al revés? No lo podría decir porque tengo ambos al alcance de mis ojos y de mis manos. El caso es que hoy iba a bajar a la ciudad y como está un poco lejos teníamos la idea de ir en coche. El problema fue que, si en el exterior hacía calor, dentro del coche la temperatura estaba casi 10º C por encima. «Eso es lo que ocurre en el planeta – me explicó mi padre -. Los rayos del Sol entran al coche, pero no pueden salir. En nuestro planeta el Sol calienta la superficie y algunos gases impiden que todo el calor regrese al espacio. Esto es lo que permite la vida porque crea una temperatura adecuada para todos los organismos. El problema es que a lo largo de los años hemos cerrado las ventanillas del coche, por así decirlo: hemos sumado más y más de aquellos gases, los rayos del Sol ya no escapan en la misma proporción y la temperatura ha aumentado poniéndonos en peligro”.

Me gusta la bicicleta. Y sí, es cierto, me gusta porque es buena para el planeta. Pero no porque sea un medio de transporte sostenible (que lo es), que sea fácil de arreglar (lo que ayuda a reducir la cantidad de materiales) o porque es económica (que también lo es). Me gusta porque es una metáfora de lo que debería ser la sostenibilidad. La rueda de adelante serían las leyes y las claves que debemos seguir para cuidar el planeta. Es la rueda comunitaria: señala la dirección correcta y todos deberíamos apuntar en la misma dirección. Y luego está la rueda de atrás, la que nos impulsa. Esa es la rueda individual: cada uno pedalea a la velocidad que puede, cada uno lo hace lo mejor que puede y a medida que avanza (es decir que aprende) puede hacerlo más «rápido» o con más iniciativas. Es un equilibrio en el que todos trabajamos desde nuestro lugar… 

Lo siento, pero es que me gusta mucho este tema y a veces me lío, sobre todo cuando voy en bicicleta y tengo tiempo para pensar. Como ahora. Estoy en un puente sobre el río que separa la ciudad de los pueblos cercanos. Como es temprano por la mañana todo el mundo quiere entrar a la ciudad y se ha formado un atasco enorme. La mayoría de los coches solo llevan a una persona, aunque veo que muchos de sus conductores y conductoras se saludan, como si se conocieran. Lo que me hace pensar si esa nube de humo gris e incierto que se ve en el horizonte no podría reducirse si compartiéramos vehículos.

Es en esos momentos cuando pienso en la «rueda de atrás» de la bici, en la rueda individual. Mi madre me mostró una vez una foto de las bicicletas antiguas. Tenían una rueda gigante y otra muy pequeña. La pequeña controlaba la dirección y la grande (tan alta que había que trepar) era la que pedaleaba. Y una sola vuelta de pedalear permitía avanzar muchísimo gracias a su tamaño. Me gustan esas bicis o biciclos, como mi madre me dijo que se llamaban. Me gustan porque me permiten seguir con la metáfora. Las ruedas de las bicis de hoy son más pequeñas, pero si las sumamos entre todos, nuestro recorrido puede ser mucho mayor. Si cada uno da una vuelta, solo una a esa rueda, la distancia que cubrimos puede ser enorme. No hace falta mucho más para un gran cambio. ¡Y cuan grande sería si en lugar de que unos pocos cubrieran grandes distancias, millones de personas se animaran a pedalear solo una vuelta! Solo una…

¿Un ejemplo? Aprovechar todos los alimentos que compramos. Más de un tercio de la comida que cosechamos se tira…porque no se consume. A pesar de que se ha transportado, gastado agua en ella y ha generado CO2 en diferentes etapas hasta que llegó al comercio. Otra opción es cortar la comida que vayamos a cocinar en trozos: se cocina más rápido (gasta menos energía), permite crear porciones más grandes para compartir y si la congelamos la podemos usar más tarde. También existe la posibilidad del consumo de productos locales: se reducen los kilómetros de transporte, las emisiones de gases y se beneficia la economía local. Y esto está directamente vinculado al concepto de economía circular. Al contrario de la lineal, que extrae recursos, desarrolla productos, los consume y los desecha luego, dejando de lado que los residuos pueden volver a servir de materia prima, la economía circular sí acude a esta opción… y así la rueda sigue girando. Naturgy, por ejemplo, se ha propuesto alcanzar la neutralidad de emisiones y aporta consejos muy prácticos para reducir nuestra huella de carbono: consumir productos de temporada, llevar bolsas reutilizables para reducir el uso de plástico y usar recipientes para llevar las sobras a la oficina y aprovechar todos los alimentos de casa.

La ducha es otro cambio que podemos hacer. De acuerdo con expertos, la temperatura máxima de una ducha es de 40º C, a partir de 42º ya comienza el umbral del dolor para la mayoría de las personas. Si ajustamos el termostato del agua a 35º C, sigue siendo caliente, pero es un gesto con el que reducimos la huella de carbono hasta en 700 kg de CO2 por año. También se puede aprovechar para que esas duchas sean con agua de lluvia y luego la usamos para regar el jardín. Obviamente no es algo sencillo, pero sí podemos aprovechar pequeños recipientes para recolectar agua de lluvia y usarla más adelante como riego en el hogar. Y, cuando podemos, la calentamos con energía solar. No son grandes cambios, no pretendemos transformar el mundo, apenas algunas costumbres de nuestro hogar, pero si mucha gente hace pequeños ajustes, el resultado será extraordinario. O al menos eso creo yo.  Y si reducimos el tiempo de las duchas, mejor aún ya que más de un cuarto de la electricidad del hogar se va en calentar el agua. Pero esto no solo es responsabilidad individual, también las empresas deben disminuir su consumo. Por ejemplo, Naturgy ha reducido, entre 2017 y 2021, el consumo de agua en un 33 %. Esto sin dejar de lado la economía circular: la compañía energética ha disminuido un 89 % la producción de residuos y un 22 % el consumo energético respecto a 2017, y el 92 % de los residuos han sido valorizados o reciclados durante el pasado año.

Otra forma de reducir las emisiones es utilizar medios de transporte sostenible: caminar, bicicletas o vehículos eléctricos. Cada uno se compromete desde el sitio que puede y apuesta por esa dirección. 

También existe la posibilidad de generar nuestra propia energía por medio de paneles solares, una opción cada vez más tentadora. De hecho, un hogar pequeño no necesita más de 4 a 6 paneles solares para cubrir, como mínimo, un 60% de nuestras necesidades. Lo que significa que veremos nuestra factura reducida en una proporción similar… al igual que nuestras emisiones. Así, en este sentido, Naturgy ha multiplicado por nueve la potencia en autoconsumo fotovoltaico durante 2022 en el marco de su iniciativa ‘Naturgy Solar’ y su objetivo es seguir creciendo. Es la solución personalizada que ofrece a sus clientes para generar su propia electricidad, facilitándoles el acceso a energía renovable y ayudándoles a disminuir las emisiones de CO2 del planeta.

Cuando pensamos o creemos lo hacemos a través de las ideas de otros, pero cuando sentimos, es de nosotros de donde surge la semilla. Quizás sea hora de sentir que cada uno, desde su “bicicleta”, puede hacer un pequeño cambio. Uno que nos lleve más lejos.